Más tarde, cuando el sol empezó a bajar y el patio se llenó de esa luz suave de las tardes de Castilla, Lucas se levantó con su dibujo en la mano.
“Quiero decir algo.”
Todos nos callamos.
Él miró a doña Amalia.
Luego me miró a mí.
Después miró la mesa.
“Antes pensaba que si alguien me quería, podía cambiar de idea.”
Se me cerró la garganta.
“Ahora creo que algunas personas sí cambian de idea”, siguió. “Pero otras riegan.”
Doña Amalia se llevó la servilleta a los ojos.
Lucas levantó la hoja.
“Esta es mi familia.”
En el dibujo estábamos nosotros.
No perfectos.
No muchos.
No como en los libros.
Pero estábamos.
Y alrededor de la casa había macetas.
Grandes, pequeñas, torcidas, distintas.
Todas vivas.
Aquella noche, cuando todos se fueron, Lucas me ayudó a recoger los platos.
Doña Amalia se quedó un rato más, sentada en su silla, mirando la planta que había traído el primer día.