Toqué el timbre.
Tardó en abrir.
Apareció con su rebeca gris, el bastón en una mano y esa mirada seria que parecía no regalar nada.
“Buenos días”, dije. “Perdone que moleste.”
“No molesta.”
Eso fue todo.
Me quedé allí, torpe, sin saber cómo empezar.
Al final saqué el dibujo del bolsillo.
Ella lo miró en silencio.
No hizo ningún gesto exagerado.
No dijo “pobrecito”.
No dijo “qué pena”.
Solo pasó el pulgar por la flor amarilla, como si estuviera tocando algo vivo.
“Anoche no habrá dormido mucho”, dijo.
Negué con la cabeza.
“Yo tampoco.”
Doña Amalia levantó la vista.
Y entonces entendí algo.
Lo que había pasado en mi patio no solo había removido a Lucas.
También la había removido a ella.
“Perdone”, murmuré. “No sabía lo de su historia.”
“Casi nadie lo sabe.”
“Lucas preguntó si usted volvería.”