“¿Aunque pregunte muchas veces?”
“Sobre todo entonces.”
No dijo nada más.
Pero dejó de hacer migas con la magdalena.
Ese día lo llevé al colegio con el corazón apretado.
En la puerta, antes de bajar del coche, se quedó mirando al frente.
“Mamá.”
“Dime.”
“¿Doña Amalia va a venir otra vez?”
Sonreí un poco.
“Si ella quiere, claro.”
Lucas asintió.
“Es que ella entiende.”
No me dolió que dijera eso.
Al contrario.
Me alivió.
Porque a veces una madre quiere ser todo para su hijo, pero la vida te enseña que un niño también necesita otras manos buenas alrededor.
No para sustituirte.
Para ayudar a sostenerlo.
Cuando volví a casa, me quedé un rato frente a la verja de doña Amalia.
Sus macetas estaban perfectamente alineadas, como siempre. Geranios, albahaca, una planta seca que ella se negaba a tirar porque, según decía, “a veces lo seco solo está esperando”.