“No sé”, dijo. “Solo pensé que si una flor está en una silla, alguien la puede quitar.”
Respiré hondo.
“Puede”, contesté. “Pero también se puede regar todos los días.”
Lucas levantó los ojos.
“¿Y si alguien se cansa?”
Me quedé unos segundos sin saber qué decir.
Porque yo quería responderle algo perfecto.
Quería decirle que nadie se cansa nunca de amar a un hijo. Que una madre siempre sabe hacerlo bien. Que las heridas se curan con abrazos y pastel casero.
Pero la verdad es que la vida no es tan limpia.
Y los niños que han tenido miedo conocen las mentiras demasiado pronto.
Así que le dije la verdad más sencilla que pude encontrar.
“Yo también me canso a veces, Lucas. Me canso del trabajo, de ordenar, de pensar, de preocuparme. Pero no me canso de ti.”
Se le humedecieron los ojos.