Alejandro caminaba de un lado a otro mientras Rafael permanecía sentado aparentando tranquilidad.
—Si sigues caminando así vas a desgastar el piso —murmuró Rafael.
—Papá, cállate.
Rafael sonrió.
Horas después, mediante cesárea, nacieron dos niños y una niña.
Pequeños.
Sanos.
Escandalosamente ruidosos.
Cuando Alejandro vio a la primera bebé levantar sus diminutos dedos, comenzó a llorar antes de poder tocarla.
—Hola —susurró—. Soy tu papá.
Rafael, aquel hombre capaz de intimidar una sala entera con una mirada, permaneció frente a las incubadoras con los ojos húmedos.
Valeria despertó y encontró a Alejandro sentado junto a ella.
—¿Están bien?
—Los tres.
Él tomó su mano.
—¿Y tú?
—Cansada.
Alejandro besó sus dedos.
—Gracias.
Valeria negó lentamente.
—No me agradezcas por darte hijos.
Él la miró confundido.
—Agradéceme por haberme quedado cuando todavía teníamos que aprender a creer el uno en el otro.