Alejandro sonrió entre lágrimas.
—Entonces gracias por quedarte.
Meses después, Valeria volvió al taller.
El antiguo manuscrito del águila ya estaba protegido dentro de una vitrina.
La mancha causada por el agua seguía visible en una de sus alas.
Una colega nueva comentó:
—Qué lástima que nunca pudieron eliminar esa marca.
Valeria sonrió.
—No es una lástima.
Pensó en Teresa, en Mauricio, en el falso diagnóstico, en aquella boda donde la llamaron tierra estéril y en los tres bebés que probablemente estaban en ese momento volviendo loco a Alejandro en casa.
Después miró nuevamente el ala dañada.
—Hay heridas que no necesitan desaparecer. A veces basta con que dejen de destruirte.
Aquella noche, cuando regresó, encontró a Rafael dormido en el sillón con uno de sus nietos sobre el pecho y a Alejandro intentando alimentar a los otros dos al mismo tiempo.