La casa que había conocido como un lugar frío y silencioso estaba llena de pañales, juguetes, biberones y risas.
Valeria permaneció unos segundos en la puerta.
Durante años otros habían decidido cuánto valía según su capacidad para convertirse en madre.
Primero Mauricio.
Después Teresa.
Incluso ella misma había terminado creyendo aquella sentencia.
Pero sus hijos no eran la prueba de que finalmente tuviera valor.
Su valor había estado allí incluso cuando creía que jamás podría tenerlos.
Los tres bebés solamente habían llegado para enseñarle algo diferente:
un diagnóstico podía describir una condición médica, pero jamás debía convertirse en la identidad de una persona.
Alejandro se acercó con la niña en brazos.
—Creo que alguien estaba esperando a su mamá.
Valeria tomó a su hija y besó su frente.