—Necesitas un esposo.
—Necesito tranquilidad.
—Mi mamá también está arrepentida.
—¿Tu mamá está arrepentida de lo que hizo o de que yo me haya ido?
No respondió.
Dos días después Teresa me envió un mensaje aún más largo. Decía que yo estaba destruyendo una familia por “una tontería”, que los matrimonios se sostenían con paciencia y que una buena mujer sabía tragarse el orgullo.
Guardé el mensaje.
No para torturarme.
Para no olvidar.
Empecé a trabajar a distancia. También busqué una ginecóloga cerca y organicé mis gastos. Tenía algunos ahorros y un empleo estable. No era la vida que había imaginado, pero por primera vez era una vida construida sobre decisiones propias.
Una tarde regresaba caminando de una consulta cuando comenzó a lloviznar.
El adoquín estaba húmedo.
En una curva estrecha apareció un automóvil. Me asusté, di un paso torpe y resbalé antes de llegar a la calle.