La casa de Sofía era sencilla, con paredes claras, macetas en el patio y dibujos de su hija Valentina pegados en el refrigerador. Ella llevaba tres años divorciada y criaba sola a la niña mientras trabajaba como contadora.
—Quédate lo que necesites —me dijo—. Una semana, tres meses o hasta que nazca el bebé.
Los primeros días dormí muchísimo.
También llegó el malestar del embarazo. Una mañana terminé inclinada sobre el fregadero mientras Sofía me sostenía el cabello.
—Felicidades —bromeó—. Oficialmente ya entraste al club.
Me reí.
Y aquella pequeña risa me sorprendió.
No recordaba cuándo había sido la última vez que me había sentido ligera.
Rodrigo llamó todos los días.
Durante tres jornadas no contesté. Después respondió a un mensaje diciendo que “teníamos que hablar por el bebé”.
—Puedes estar en la vida de nuestro hijo —le dije cuando finalmente tomé la llamada—. Pero yo no voy a regresar sólo porque estoy embarazada.