El coche frenó de inmediato.
—¡Señora! ¿Está bien?
Un hombre bajó corriendo.
Debía tener unos treinta y siete años. Alto, cabello oscuro, camisa arremangada debajo de una chamarra. No tenía apariencia de héroe de novela. Sólo parecía sinceramente preocupado.
—Estoy bien —dije, intentando levantarme.
—Despacio.
Me sostuvo por el brazo sin jalarme.
Tenía raspadas las palmas y una rodilla.
—Traigo un botiquín.
—No hace falta.
—Sí hace.
Lo dijo con tanta tranquilidad que terminé aceptando.
Se llamaba Alejandro.
Era arquitecto y estaba trabajando temporalmente en la restauración de varios inmuebles antiguos de la zona.
Limpió mis heridas, me ofreció llevarme a casa y, durante todo el trayecto, no hizo preguntas personales.
Antes de bajarme me entregó una tarjeta.
—Estoy rentando a dos calles. Si mañana le duele más la rodilla o necesita que la acerque a una clínica, llámeme.