Miré la tarjeta.
—¿Siempre entrega su teléfono a las mujeres que casi atropella?
Sonrió.
—Sólo a las que no atropello. Es una distinción importante.
Por primera vez en semanas me reí con ganas.
Alejandro se fue después de verme entrar por la puerta.
No imaginé que volvería a verlo al día siguiente.
Ni al siguiente.
Tepotzotlán era suficientemente pequeño para coincidir.
A veces lo encontraba comprando café. Otras, él pasaba frente a casa cuando regresaba del proyecto. Hablábamos cinco minutos junto a la reja. Después diez.
Nunca intentó acercarse más de lo que yo permitía.
Eso fue precisamente lo que empezó a llamar mi atención.
Una noche estábamos mirando el cielo y me señaló tres estrellas.
—El cinturón de Orión.
—¿Cómo sabes tanto?
—Mi papá me enseñó cuando era niño.
Nos quedamos en silencio.