No era un silencio incómodo.
Con Rodrigo siempre había sentido la necesidad de llenar los huecos, arreglar el humor, anticipar la siguiente reacción.
Con Alejandro podía simplemente estar.
Semanas después coincidimos en la clínica.
Yo acababa de hacerme otro ultrasonido.
Siete semanas. El corazón del bebé latía perfectamente.
Alejandro vio el sobre en mi mano, pero no preguntó.
Quizá por eso se lo conté.
—Estoy embarazada.
Él permaneció quieto.
—De siete semanas. Me separé del papá hace poco.
Esperé alguna señal de incomodidad.
—Entiendo.
—¿Eso es todo?
—¿Qué debería decir?
—No sé. La mayoría de la gente empieza a hacer preguntas.
—Si quieres contarme algo, me lo contarás.
Aquella frase me golpeó de una forma inesperada.
No porque fuera romántica.
Porque era respetuosa.
A finales de marzo, Rodrigo dejó de insistir durante algunos días. Luego llamó y pidió verme.