Llegó a casa de Sofía solo.
Se veía cansado.
Nos sentamos en la cocina.
—He pensado mucho —dijo—. Sé que hice mal las cosas.
Por primera vez lo escuché reconocer que su madre había cruzado límites y que él se lo había permitido.
—Quiero que vuelvas. Podemos empezar de nuevo.
Lo miré y sentí tristeza.
No odio.
Eso habría sido más fácil.
—Te creo —respondí—. Creo que hoy estás siendo sincero.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces…
—Pero no voy a volver.
Se quedó inmóvil.
Le expliqué que aquella mañana del tulipán no había destruido nuestro matrimonio. Sólo me había obligado a mirar con claridad cuatro años de abandono emocional.
—No fue una frase, Rodrigo. Fueron cientos de momentos. Tu mamá humillándome y tú mirando hacia otro lado. Yo saliendo de procedimientos médicos y tú preguntándome qué íbamos a cenar. Yo llorando por otro resultado negativo y tú fastidiado porque necesitabas usar el baño.