Bajó la mirada.
—La gente cambia.
—Sí. Y deseo que cambies. Pero yo ya no puedo regresar para supervisar el proceso.
—¿Hay alguien más?
La pregunta llegó con una rapidez que me confirmó muchas cosas.
—No.
Era verdad.
Alejandro era sólo alguien con quien hablaba.
Rodrigo respiró aliviado.
—Entonces todavía podemos arreglarlo.
Negué lentamente.
—Sigues pensando que si no existe otro hombre, yo no tengo razones para irme.
Aquella frase lo dejó callado.
Por primera vez comprendió.
Quizá no completamente.
Pero lo suficiente.
—Voy a pedir el divorcio —le dije.
Rodrigo cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos había tristeza auténtica.
—¿Y mi hijo?
—Será tu hijo siempre. Si quieres estar presente, nunca te lo impediré. Pero tendrás que decidirlo tú, no tu mamá.
Nos despedimos sin gritos.
Eso fue lo más doloroso.
A veces el final de un matrimonio no llega con platos rotos.