Llega con dos personas sentadas frente a frente entendiendo que el amor que una vez existió ya no alcanza para sostener todo lo que vino después.
Los meses siguientes avanzaron lentamente.
Mi vientre empezó a crecer.
Alejandro continuó cerca.
Cuando supo que yo estaba divorciándome no aprovechó la situación. No intentó besarme. No me prometió cuidar de mí ni “salvarme”.
Un día simplemente preguntó:
—¿Puedo invitarte a comer?
—Estoy embarazada, separándome y emocionalmente soy un desastre.
—Pregunté si quieres comer, Mariana. No si quieres casarte conmigo.
Me reí.
Acepté.
Fuimos a un restaurante pequeño cerca de la plaza. Yo comí enchiladas verdes y él me contó que su esposa había muerto dos años antes después de una enfermedad.
Comprendí entonces por qué conocía tan bien el silencio.
Los dos habíamos perdido una vida que creíamos segura.
Sólo de maneras diferentes.