Mi esposo gastó en 101 rosas para su madre, pero a mí me dio un único tulipán roto: “Ella merece lo mejor; tú todavía no”. Llevábamos 4 años buscando un hijo y él no sabía que yo ya tenía dos pruebas positivas. No lloré ni discutí; esperé el ultrasonido, dejé la imagen sobre la mesa y preparé una maleta antes de que saliera del baño.

Nuestro vínculo creció despacio.

Tan despacio que cuando Alejandro me tomó la mano por primera vez yo ya estaba entrando al séptimo mes de embarazo.

—No quiero confundirte —me dijo.

—No me estás confundiendo.

—Tampoco quiero ocupar el lugar de nadie.

Lo miré.

—Ese lugar está vacío porque su dueño decidió dejarlo vacío.

Rodrigo preguntaba por mensaje cómo iba el embarazo, pero cada vez con menos frecuencia.

Teresa dejó de escribirme después de que respondí una sola vez:

“Su relación con su hijo es asunto de ustedes. Mi dignidad ya no lo es”.

No volvió a contestar.

Mi divorcio quedó resuelto antes del nacimiento.

En noviembre comenzaron las contracciones.

Sofía estaba conmigo cuando rompí fuente.

Alejandro llegó a la clínica poco después.

—No tienes que quedarte —le dije.

—Lo sé.

—Puede tardar horas.

—También lo sé.

—Alejandro…

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