—Mariana, no estoy aquí porque tenga que estar.
Y se quedó.
Mateo nació de madrugada.
Cuando lo pusieron sobre mi pecho, lloré de una manera que nunca había llorado durante los tratamientos.
Era pequeño, caliente y furioso.
Mi hijo.
El bebé que durante cuatro años había creído imposible.
Le envié un mensaje a Rodrigo al día siguiente.
“Mateo nació anoche. Está sano. Si quieres conocerlo, dime y lo organizamos”.
Respondió tres días después:
“Me alegra saber que están bien”.
Nada más.
No pidió verlo.
Durante semanas esperé que cambiara de opinión.
Nunca lo hizo.
Me dolió.
No por mí.
Por Mateo.
Pero aprendí otra cosa: no podía obligar a un hombre a convertirse en padre del mismo modo que durante años había intentado obligarlo, en mi imaginación, a convertirse en esposo.
Alejandro jamás pidió ocupar su lugar.