Simplemente comenzó a estar.
Llevaba comida cuando yo no había dormido. Caminaba con Mateo por la sala cuando tenía cólicos. Aprendió cuál canción lo calmaba. Nunca decía “yo hice esto por ustedes”.
Lo hacía.
Meses más tarde, Sofía me llamó riéndose.
—Tengo un chisme y no sé si quieras escucharlo.
—Dime.
—Rodrigo se casó.
Sabía la respuesta antes de preguntar.
—¿Con Fernanda?
—Con Fernanda.
Me quedé mirando a Mateo, que intentaba agarrarse un pie en su tapete.
Esperé sentir rabia.
Celos.
La necesidad de demostrar que yo había ganado.
No apareció nada.
—Espero que les vaya bien —dije.
Y lo decía en serio.
Sofía guardó silencio.
—¿Y Teresa?
—Supongo que feliz.
Miré hacia la cocina.
Alejandro estaba preparando café mientras cantaba terriblemente desafinado. Mateo escuchó su voz y sonrió.
—Yo también estoy feliz —respondí.
Un año atrás había sostenido un tulipán doblado mientras mi esposo me decía que yo no había hecho nada para merecer más.