Durante meses pensé que aquella flor había sido una humillación.
Con el tiempo entendí que había sido una puerta.
Si Rodrigo me hubiera regalado veinte rosas en lugar de una flor rota, quizá yo habría seguido justificando otras veinte heridas.
Quizá habría criado a mi hijo creyendo que conservar un matrimonio era más importante que conservarme a mí misma.
Aquella mañana tomé a Mateo en brazos y salí al patio.
Habían florecido las bugambilias.
Alejandro apareció detrás de mí con dos tazas.
—¿En qué piensas?
—En una flor.
—Eso suena profundo.
Sonreí.
—No. Sólo estaba recordando que algunas cosas que parecen un final en realidad son el empujón que necesitabas para comenzar.
Él besó mi frente.
Mateo estiró una mano hacia nosotros.
Y en ese instante entendí algo que habría querido saber cuatro años antes:
Una familia no se sostiene porque una mujer aguante más.