No pude hablar.
Lloré en silencio mientras la doctora imprimía el ultrasonido.
Después de cuatro años, mi bebé existía.
Salí de la clínica abrazando aquella imagen diminuta contra el pecho. Entré a una cafetería, pedí una infusión y permanecí casi una hora mirando la foto.
Podía regresar a casa, mostrársela a Rodrigo y esperar que el embarazo convirtiera mágicamente al hombre que tenía por esposo en el hombre que yo necesitaba.
O podía aceptar algo doloroso:
Un bebé no repara una relación.
Sólo llega a vivir dentro de ella.
Volví al departamento y actué con normalidad.
Rodrigo ni siquiera me preguntó dónde había estado.
Por la tarde, cuando entró a bañarse, coloqué el ultrasonido sobre la mesa del comedor.
A un lado puse el tulipán.
Después saqué una maleta.
Cuando Rodrigo salió del baño, lo primero que vio fue la imagen.