Sin embargo, aparecían restaurantes, bares, ropa cara y regalos que yo jamás había recibido.
A la mañana siguiente fui al banco.
Cancelé la tarjeta adicional, cambié mis contraseñas y retiré las autorizaciones de pagos automáticos que había establecido para la casa de mi suegra.
Después conduje hasta el estacionamiento del edificio donde trabajaba Eduardo, en Santa Fe.
Allí estaba mi camioneta Mazda roja.
La había comprado de contado antes de nuestra boda. Como Eduardo decía que necesitaba un vehículo elegante para visitar clientes, se la presté durante meses.
Presenté mis documentos al encargado del estacionamiento y recuperé las llaves.
También cambié el código de acceso de mi departamento.
A las dos de la tarde recibí una alerta bancaria.
OPERACIÓN RECHAZADA: $16,750. RESTAURANTE DE MARISCOS.
Quince minutos después sonó mi teléfono.
—¡Mariana! ¿Qué demonios hiciste con mi tarjeta? ¡Estoy con mis amigos y me hiciste quedar como un muerto de hambre!