—Es mi tarjeta, Eduardo. Y decidí dejar de pagar tus comidas.
—¡Somos esposos! ¡Lo tuyo también es mío!
—Entonces paga con lo tuyo.
Colgué.
Horas después me llamó desde otro número.
—¡También te llevaste la camioneta! ¿Quieres arruinarme la vida?
—Úsala cuando la compres con tu dinero.
Esa noche apareció frente a mi departamento. Intentó introducir su antiguo código y, cuando descubrió que ya no funcionaba, comenzó a golpear la puerta.
No abrí.
La seguridad del edificio terminó acompañándolo a la salida.
El martes llegué temprano a mi oficina y llamé a Lucía, mi contadora.
—Necesito revisar los movimientos de mis cuentas de los últimos dos años. Especialmente todo lo relacionado con Eduardo y su familia.
Pasamos casi cuatro horas examinando estados de cuenta.
Descubrimos que yo había pagado cursos de inglés para Fernanda, una computadora nueva, reparaciones de la casa y numerosas compras personales.