Pero lo peor apareció en una serie de transferencias.
Todas tenían como beneficiaria a una mujer llamada Daniela Ríos.
Los depósitos se repetían desde hacía dieciocho meses. En total sumaban más de un millón cien mil pesos.
Me quedé helada.
Eduardo había tenido acceso a mi banca digital porque, al principio de nuestra relación, yo le había confiado las claves para hacer algunos pagos mientras viajaba por trabajo.
Nunca autoricé aquellas transferencias.
Llamé a Sergio, un antiguo compañero suyo.
Cuando le mostré una fotografía de Daniela, su expresión cambió.
—Mariana, ¿Eduardo nunca te habló de ella?
Negué con la cabeza.
—Fue su novia en la universidad. Terminaron hace años. Ahora tiene un niño pequeño y está sola.
—¿Y por qué mi esposo le manda dinero?
Sergio bajó la mirada.
—Porque delante de nosotros presume que mantiene a Daniela y a su hijo. Dice que es dueño de tus tiendas y que le sobra el dinero.