Sentí una vergüenza inmensa, pero no por mí.
Durante meses había trabajado hasta el agotamiento mientras mi marido utilizaba mis ganancias para fingir que era un empresario generoso.
Aquella tarde acudí con Verónica, la abogada que llevaba los asuntos legales de mis boutiques.
Le entregué los estados de cuenta, las escrituras de mi departamento, la factura de la camioneta y los documentos de mis negocios.
Verónica estudió cuidadosamente los papeles.
—Tienes pruebas importantes, Mariana. Pero debemos acreditar cuáles transferencias fueron realizadas sin tu autorización. También vamos a preparar el divorcio.
Al salir de su despacho recibí un mensaje de Fernanda.
Era un video.
En él aparecía doña Elvira gritando que yo había abandonado a su hijo después de quitarle todo su dinero.
Debajo había una amenaza:
“Si no regresas lo que nos pertenece, iremos a tus tiendas para que todo el mundo sepa qué clase de mujer eres”.