Comenzó a llorar.
—Yo sí te amé, Valeria.
—Yo también te amé. Por eso invertí tantos años en nosotros. Pero una inversión perdida no se recupera metiendo más dinero.
—Por favor.
—No soy tu fondo de rescate.
Colgué.
Bloqueé el número.
Luego caminé hasta la ventana de mi departamento. Ciudad de México brillaba debajo de mí, inmensa, ruidosa, viva.
Durante meses todos habían hablado de quién había ganado: Santiago por exhibir una nueva familia, Daniela por ocupar mi lugar y los Alcázar por proteger su apellido.
Pero después de todo entendí algo más simple.
Ganar era poder dormir sin revisar el teléfono de nadie.
Era no tener que justificar mi valor como mujer por haber tenido o no hijos.
Era trabajar porque me gustaba mi carrera, no para salvar a un hombre que luego usaría ese esfuerzo para llamarme fría.