El informe incluía registros de entrada, pagos y comunicaciones.
En siete fechas distintas aparecía Rodrigo Alcázar, primo de Santiago. Rodrigo era el familiar incómodo del que nadie hablaba en las cenas: deudas de juego, empleos inventados dentro de la empresa y una dependencia económica casi total de los Alcázar.
Pero lo que me hizo cerrar la laptop y quedarme inmóvil fue otra página.
La clínica lo tenía registrado como donante.
Y las fechas de sus visitas coincidían con los tratamientos de Daniela.
No era todavía una prueba legal de paternidad, pero sí algo mucho más grave: evidencia de que Daniela había recurrido a reproducción asistida sin decírselo a Santiago y que el material biológico provenía, con alta probabilidad, de su propio primo.
Entonces recordé la llamada de Beatriz.
Ella había acompañado a Daniela a una cita prenatal meses atrás. Había visto a Rodrigo salir por una puerta lateral de la clínica. Daniela aseguró que era coincidencia. Beatriz no le creyó.