Vicente asintió.
—Quiero conocer a Gabriel, si él me lo permite.
Aquella noche hablé con mi hijo. Le expliqué lo que habíamos descubierto, sin ocultar mis propios errores.
—Mamá, entiendo que quisieras protegerme —respondió—. Pero también quiero conocer a mi padre.
La primera reunión ocurrió en una cafetería tranquila.
Vicente llegó nervioso y se sentó frente a Gabriel. Durante varios minutos ninguno supo qué decir.
Finalmente, Vicente habló.
—No sé cómo recuperar dieciocho años que nunca vivimos.
Gabriel lo miró directamente.
—No puedes recuperarlos. Pero podemos empezar por conocernos.
Vicente comenzó a llorar.
Mi hijo le ofreció una servilleta. Aquel pequeño gesto fue el comienzo de una relación que ninguno de los dos había imaginado.
Durante los meses siguientes, Vicente respetó el ritmo de Gabriel. No intentó comprar su cariño con regalos costosos.
Lo acompañó a conferencias, escuchó sus proyectos y aprendió cuáles eran sus libros favoritos.