Tomé mi bolsa y salí.
Julián estaba en el café con los niños. Mateo tenía una mancha de chocolate en la manga; Nicolás dormía sobre el pecho de su papá.
Me senté y le quité una servilleta de papel de los dedos.
—¿Nos vamos? —preguntó Julián.
Asentí. En el coche no me pidió detalles hasta que yo empecé a hablar.
Lloré al contarle la frase del brindis. Después le conté que había logrado responderla.
Durante la semana siguiente llegaron mensajes de personas que habían asistido. Acepté algunas disculpas. A otras contesté que necesitaba distancia. No mandé fotografías de mis hijos ni copias de mis estudios para convencer a nadie.
Rodrigo me llamó 6 veces. Después escribió que yo había convertido un mal chiste en un escándalo.
Le respondí una sola vez: no volvería a conversar con él sobre mi cuerpo, mis hijos o su contratación.