—Trabajas demasiado.
—Deja de pensar tanto.
—Mi mamá dice que tu prima se embarazó apenas renunció.
Yo preguntaba qué había dicho el especialista sobre sus estudios. Rodrigo respondía que estaban bien. Después empezó a recoger él los sobres de la clínica.
—Para que no salgas antes del despacho.
Aquello parecía un favor.
Otra cosa me inquietaba: cada vez que proponía regresar juntos a consulta, surgía una junta urgente. Mientras tanto, Beatriz, su madre, me llevaba remedios y recomendaba ginecólogos.
—En nuestra familia nunca hemos tenido esos problemas —decía.
Cuando Rodrigo pidió el divorcio, ya hablaba de mi cuerpo como si fuera un aparato descompuesto.
—Yo todavía puedo formar una familia. No voy a seguir perdiendo tiempo.
Firmé el convenio después de revisarlo con otra abogada. No tuvimos hijos ni bienes que discutir durante meses. Lo que más me costó recuperar fue la costumbre de confiar en mi propio criterio.