Antes de mudarme solicité mi expediente a la clínica, con mi identificación. Quería una segunda opinión.
Ahí encontré resultados que nunca me habían entregado y una nota de la consulta conjunta: no había una causa femenina identificada; faltaba completar la evaluación de Rodrigo.
Guardé la copia. Para entonces estaba demasiado cansada para perseguir a cada persona que había escuchado su versión.
Me mudé a Puebla. Seguí litigando y, con el tiempo, entré como socia a otro despacho. Conocí a Julián, arquitecto, 7 meses después de separarme. Nos casamos al año siguiente.
Nuestros mellizos, Mateo y Nicolás, tenían ahora 2 años y 3 meses. En mis redes públicas había trabajo, edificios y alguna fotografía de vacaciones. Las fotos de los niños estaban en un grupo familiar cerrado.
Rodrigo nunca preguntó cómo me iba.
Su nombre reapareció unos meses antes del baby shower, cuando una trabajadora solicitó asesoría por su despido. Al identificarlo como directivo involucrado, informé al despacho y me aparté. Otra socia tomó el asunto.