Miré la etiqueta amarilla que mi hija todavía apretaba.
Quise pensar que aquel pedacito de cartón era lo peor que se había llevado de esa tarde. Pero sabía que había algo más difícil de curar: había esperado a una persona que la miró y decidió no volver.
Carmen entró a la oficina unos minutos después.
Era una mujer de unos cincuenta años, con el cabello recogido y señales de cansancio en el rostro. Miró al oficial, al encargado y finalmente a Lily, que escondió la cara en mi hombro.
—¿Es la niña de la banca? —preguntó.
Asentí.
Carmen se llevó una mano a la boca.
—Yo pensé que su mamá venía por ella.
El oficial le pidió que nos explicara lo ocurrido sin sacar conclusiones ni adivinar detalles.
Carmen contó que, poco antes de las cinco, había visto a Lily sentada sola junto a la entrada. Al notar que Megan caminaba hacia la salida sin ella, se acercó para preguntarle si la pequeña pertenecía a su familia.