Teresa no respondió.
Su silencio fue suficiente.
Respiré profundamente.
—A partir de ahora no habrá visitas a solas ni noches en tu casa. Renata decidirá cuándo está preparada para verte, y cualquier acercamiento tendrá que respetar su seguridad y sus deseos.
—¡Me estás castigando!
—Estoy protegiendo a mi hija.
—¿Por cuánto tiempo?
—No lo sé. Dependerá de lo que Renata necesite y de si tú eres capaz de reconocer lo sucedido.
Mi madre comenzó a llorar.
—Te di todo, Claudia.
—Me diste muchas cosas, mamá. Pero eso no significa que pueda entregarte la tranquilidad de mi hija para evitar que estés triste.
Me levanté.
Teresa me miró con una mezcla de dolor y resentimiento.
—Estás eligiendo a esa niña por encima de tu propia madre.
Aquella frase me habría destruido años atrás.
Esta vez simplemente respondí:
—Es mi hija, mamá. Nunca debiste convertirlo en una competencia.