—¿Y ahora resulta que los adolescentes pueden hacer lo que quieran?
—No, mamá. Pero ninguna regla de tu casa te da derecho a impedir que mi hija me pida ayuda.
Teresa golpeó suavemente la mesa.
—Siempre me haces quedar como una mala persona.
—No estamos hablando de si eres buena o mala. Estamos hablando de lo que hiciste.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—He sacrificado mi vida por ustedes.
—Y te agradezco muchas cosas. Pero ayudar a alguien no te concede autoridad ilimitada sobre su vida.
Mi madre apartó la mirada.
—Yo solamente tenía miedo de que Renata saliera sola de madrugada.
—Entonces debiste llamarme.
—Habrías venido inmediatamente.
—Por supuesto.
—Y te la habrías llevado aunque yo estuviera en desacuerdo.
Sentí que algo terminaba de acomodarse dentro de mí.
—Exactamente, mamá. Sabías que yo vendría por ella, y por eso no permitiste que me llamara.