Por un momento quise abrazarla.
Era mi madre. La mujer que me cuidó cuando tuve varicela, que lloró en mi graduación y que sostuvo a Renata pocas horas después de su nacimiento.
Eso hacía todo mucho más doloroso.
Me senté frente a ella.
—Extraño a mi nieta —dijo inmediatamente.
—Lo sé.
—Entonces ya es suficiente. Debemos volver a ser una familia.
—¿Qué propones?
Teresa acomodó su taza.
—Tráela el domingo. Prepararé su comida favorita. Nos sentaremos las tres a conversar. Yo me disculparé porque las cosas se salieron de control, ella pedirá perdón por faltarme al respeto y podremos dejar esto atrás.
La escuché sin interrumpirla.
Después respondí:
—No.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Cómo que no?
—Renata no tiene que disculparse por pedir hablar conmigo.
—¡Me gritó en mi propia casa!
—Porque no le permitías salir ni llamarme.