Mi hija de 15 años me despertó a las 2 de la mañana con una llamada: “Mamá, ven por mí, la abuela me quitó el teléfono”. Llegué y mi madre me prohibió llevármela, asegurando que una adolescente no podía desafiar su autoridad. Sin levantar la voz, entré a buscarla y la encontré casi inconsciente. Cuando llegaron los paramédicos, mi madre intentó contar otra versión, pero una pregunta del policía dejó a mi padre temblando…

Por un momento quise abrazarla.

Era mi madre. La mujer que me cuidó cuando tuve varicela, que lloró en mi graduación y que sostuvo a Renata pocas horas después de su nacimiento.

Eso hacía todo mucho más doloroso.

Me senté frente a ella.

—Extraño a mi nieta —dijo inmediatamente.

—Lo sé.

—Entonces ya es suficiente. Debemos volver a ser una familia.

—¿Qué propones?

Teresa acomodó su taza.

—Tráela el domingo. Prepararé su comida favorita. Nos sentaremos las tres a conversar. Yo me disculparé porque las cosas se salieron de control, ella pedirá perdón por faltarme al respeto y podremos dejar esto atrás.

La escuché sin interrumpirla.

Después respondí:

—No.

Mi madre levantó la cabeza.

—¿Cómo que no?

—Renata no tiene que disculparse por pedir hablar conmigo.

—¡Me gritó en mi propia casa!

—Porque no le permitías salir ni llamarme.

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