Mi padre no intentó abrazarla ni pidió que le permitiéramos recuperar la confianza inmediatamente.
Se marchó veinte minutos después.
Esa visita no reparó lo sucedido, pero marcó una diferencia importante: por primera vez, alguien de aquella casa había reconocido su responsabilidad sin culpar a Renata.
Mi madre, en cambio, seguía enviando fotografías antiguas.
Una imagen de las vacaciones familiares. Otra de un cumpleaños. Una donde aparecían preparando galletas.
Debajo escribió:
“Tenemos demasiado amor como para tirar tantos años a la basura”.
Me quedé observando aquellas palabras.
Nadie le había pedido que tirara el amor a la basura.
Le habíamos pedido que respetara un límite.
Un mes después del incidente, Teresa solicitó encontrarse conmigo.
Acepté verla en una cafetería, de día y sin Renata.
Cuando llegué, estaba sentada junto a la ventana.
Parecía más cansada que de costumbre.