Ella pensó durante varios minutos.
—Sí quiero verlo. Pero quédate conmigo.
Jorge llegó el sábado por la tarde.
Entró sin su acostumbrada bolsa de pan dulce y sin intentar comportarse como si nada hubiera pasado.
Se sentó frente a Renata.
—Te debo una disculpa, hija.
Ella permaneció callada.
—Me pediste que llamara a tu mamá. Te escuché y no lo hice. Cuando tu abuela te sujetó, debí intervenir. Y cuando te desmayaste, debí pedir ayuda inmediatamente.
Le temblaba la voz.
—No fui capaz porque tenía miedo de enfrentarme a Teresa.
Renata levantó la mirada.
—¿Siempre le tienes miedo?
Mi padre tardó en responder.
—Desde hace muchos años permito cosas que no deberían suceder porque quiero evitar discusiones.
—¿También lo hacías cuando mi mamá era niña?
Jorge me miró.
—Sí.
Renata respiró profundamente.
—No sé si puedo perdonarte todavía.
—No tienes que hacerlo hoy. Ni decirme que todo está bien.