Nada de aquello era mentira.
Pero tampoco borraba lo sucedido.
Una noche, mientras cenábamos quesadillas, Renata vio que mi celular no dejaba de recibir mensajes.
—Te están culpando a ti también, ¿verdad?
—Algunos están molestos.
—¿Y si decimos que fue un accidente? —preguntó con tristeza—. Tal vez así todos vuelvan a estar bien.
Dejé mi plato sobre la mesa.
—¿Tú estarías bien?
Renata guardó silencio.
Después negó con la cabeza.
—Entonces no vamos a comprar la tranquilidad de los demás con tu silencio.
Mi hija comenzó a llorar.
—Es que no quiero perder a mis abuelos.
—Lo sé, mi amor. Y no voy a pedirte que dejes de quererlos. Pero tampoco voy a permitir que vuelvan a hacerte daño para conservar una apariencia de familia feliz.
Dos semanas después, mi padre pidió visitarnos.
Antes de aceptar, hablé con Renata.
—Tu abuelo quiere venir. Puedes decir que no.