Todo había comenzado con un mensaje de su amiga Sofía. Mi madre vio la pantalla encendida y leyó que Renata se quejaba de que su abuela la trataba como a una niña pequeña.
Teresa exigió revisar toda la conversación.
Renata se negó.
Entonces mi madre le quitó el teléfono.
—Le dije que quería hablar contigo —susurró mi hija—. Me respondió que tú no querías que te molestara.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eso es mentira.
—Le pedí muchas veces que te llamara. Después intenté recuperar mi teléfono y bajar por mi mochila.
—¿Y qué hizo?
Renata apartó la mirada.
—Me agarró del brazo. Cuando intenté soltarme, me sujetó también del otro. Yo gritaba que quería irme, pero decía que estaba demostrando lo malcriada que era.
—¿Tu abuelo estaba allí?
—Sí. Le pedí ayuda.
—¿Qué hizo?
—Dijo que dejara de contradecirla para que todos pudiéramos dormir.