Una lágrima me recorrió la mejilla.
Renata continuó:
—Cuando la abuela subió a su habitación, recuperé mi celular de la cocina y te llamé. Después escuché que bajaba. Me puse muy nerviosa y empecé a sentir que no podía respirar.
La abracé con cuidado.
—Hiciste bien en llamarme.
Ella me observó con una expresión que nunca olvidaré.
—Mamá, ¿es verdad que tú le diste permiso para castigarme así?
Me quedé helada.
—¿Quién te dijo eso?
—La abuela. Dijo que ustedes habían hablado y que estabas de acuerdo en que yo necesitaba aprender una lección.
Negué inmediatamente.
Jamás había autorizado nada semejante.
Salí de la habitación y encontré a mi padre sentado en el pasillo.
—Papá, necesito que me digas exactamente qué pasó.
Él empezó a llorar.
—Claudia, tu madre perdió el control.
—Eso ya lo sé. ¿Por qué no me llamaste?