Mi hija de 9 años me llamó desde el hospital y susurró: —Papá… mamá me vio mientras mis tíos me golpeaban. Luego cerró la cortina. Cuando llegué, la familia de mi exesposa ya había dicho a la policía que todo había sido un accidente. No discutí. Esa misma noche recibí un video de un número desconocido. Debajo había un mensaje de una niña de 16 años: —Tu hija no fue la primera.

No necesité reproducir el video.

Verónica comprendió.

—Javier…

—La miraste.

—Rodrigo estaba fuera de control.

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—La miraste.

—Pensé que se detendría.

—Y cerraste la cortina.

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Verónica comenzó a llorar.

Yo no sentí satisfacción.

Solo cansancio.

Aquella misma tarde Rodrigo y Esteban aparecieron acompañados por 2 abogados.

Rodrigo sonrió cuando me vio.

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—Hablemos como hombres.

No respondí.

—Dime cuánto quieres.

Entonces una puerta lateral se abrió.

Salieron 4 agentes de investigación.

Detrás de ellos estaba Renata.

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Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Qué haces aquí?

Renata retrocedió medio paso.

Después levantó la cabeza.

—Lo que tú nunca hiciste.

Rodrigo apretó los dientes.

—Súbete al coche.

—Voy a decir la verdad.

Esteban intentó dirigirse hacia las escaleras.

No llegó.

2 agentes lo interceptaron.

A Rodrigo le colocaron las esposas frente a su propia hija.

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