Esa noche obtuve la custodia provisional exclusiva de Valeria.
Pensé que habíamos llegado al punto más importante.
Me equivocaba.
A la mañana siguiente, un fiscal me mostró fotografías de la camioneta de Rodrigo.
Habían encontrado rastros de sangre de Valeria.
Pero también había otro perfil genético debajo de una cubierta del área de carga.
—No pertenece a su hija —me dijo.
No tuve que preguntar.
El fiscal colocó una fotografía sobre la mesa.
Un muchacho de 14 años.
Emiliano Rivas.
—Coincide con la muestra genética de su expediente de desaparición.
Renata comenzó a llorar.
Yo miré aquella fotografía durante varios segundos.
Mi hija había sobrevivido.
Emiliano quizá no.
Y por primera vez entendí que yo no estaba solamente tratando de proteger a Valeria.
Habíamos abierto una puerta que aquella familia llevaba años manteniendo cerrada.