Esa noche Valeria despertó cerca de las 4:00.
Yo estaba sentado junto a su cama.
—Papá.
—Aquí estoy.
—¿Se llevaron a mis tíos?
—Sí.
—¿Y mamá?
Aquella pregunta me dolió más que cualquier amenaza.
—Está hablando con los investigadores.
Valeria miró hacia la ventana.
—¿Por qué no bajó?
No había respuesta capaz de hacer que una niña de 9 años entendiera aquello.
—Tu mamá tomó una decisión muy cobarde.
—¿Ya no me quiere?
Tomé con cuidado su mano.
—No sé qué siente tu mamá.
Valeria me observó.
—Pero puedo decirte algo.
Esperó.
—Querer a una persona no sirve de mucho si cuando esa persona pide ayuda tú decides darle la espalda.
Valeria permaneció callada.
Después miró nuevamente la ventana.
—Papá.
—Dime.
—¿Podemos dejar abierta la cortina?