Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

No asistió a su festival escolar.

Nunca preguntó por sus calificaciones.

Tres años después de la separación, Mariana y Emiliano se casaron en una ceremonia sencilla en el jardín.

Sofía llevó las flores.

Mariana creyó que por fin el pasado había quedado enterrado.

Hasta que una mañana llegó un sobre de un despacho jurídico de Ciudad de México.

Lo abrió pensando que se trataba de algún trámite atrasado del divorcio.

Leyó la primera página.

Luego la segunda.

Se le helaron las manos.

Rodrigo estaba solicitando la guarda y custodia de Sofía.

Y afirmaba que Mariana criaba a la niña “en condiciones inadecuadas y con recursos económicos insuficientes”.

Emiliano tomó los documentos.

—¿Después de tres años?

Mariana siguió leyendo.

Había fotografías de la vieja casa de doña Elena.

Fotos del techo deteriorado.

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