Mariana no esperaba enamorarse.
Mucho menos tan pronto.
Pero junto a Emiliano volvió a sentirse escuchada.
Pasó un invierno.
Luego una primavera.
El vivero comenzó a funcionar.
Mariana consiguió clientes en Atlixco, Puebla y Cholula. También empezó a colaborar algunas horas con productores de la zona.
Emiliano convirtió un espacio de su terreno en un pequeño invernadero para ella.
Cuando llegaron los primeros fríos, Mariana y Sofía prácticamente vivían en su casa.
Para el siguiente verano, ya no tenía sentido fingir que eran simples vecinos.
Sofía empezó a llamarlo “Emi”.
Meses después, un día se le escapó un “papá”.
Emiliano se quedó inmóvil.
Mariana quiso corregirla.
Él no la dejó.
—Si ella quiere llamarme así, para mí es un regalo.
Rodrigo, mientras tanto, redujo su presencia a transferencias, llamadas ocasionales y promesas incumplidas.
Faltó a dos cumpleaños de Sofía.