Ese mismo día fue a revisar la casa de Mariana.
No quiso cobrarle.
—Tu mamá me vendió los primeros árboles que planté aquí. Digamos que tengo una deuda pendiente.
Emiliano terminó cambiando media instalación.
Después ayudó a adaptar una habitación para las plantas tropicales.
Luego apareció con madera para reparar unas ventanas.
Sin darse cuenta, comenzó a formar parte de la rutina de Mariana y Sofía.
Sofía fue la primera en encariñarse.
Emiliano la dejaba alimentar a sus gallinas, le enseñaba a sembrar rábanos y guardaba sus dibujos en el refrigerador.
Mariana descubrió después que aquel hombre que siempre andaba en botas y camisetas viejas no era ningún campesino sin recursos.
Había sido chef y era socio de dos restaurantes en Puebla. Se había mudado al campo después de un divorcio complicado.
—Mi exesposa quería dinero, viajes y una vida que a mí ya me cansó —le confesó—. Yo quería una familia. Ella decía que quería lo mismo hasta que entendí que solo lo decía para que no me fuera.