Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

La casa estaba vieja, pero seguía en pie.

Su vecina, doña Lupita, casi lloró al verla.

—Eres igualita a Elena cuando regresaba del mercado cargada de plantas.

Fue ella quien le recomendó buscar a Emiliano Salgado para revisar la instalación eléctrica.

Mariana necesitaba lámparas especiales, ventilación y sistemas de riego. El cableado de la casa tenía décadas y podía provocar un incendio.

Esperaba encontrar a un electricista.

En cambio, encontró a un hombre alto, moreno y cubierto de polvo cargando costales junto a una construcción nueva cerca del río.

—Busco al señor Emiliano Salgado.

El hombre sonrió.

—Pues ya lo encontró.

Mariana se puso roja.

Había supuesto que era uno de los albañiles.

Emiliano no se ofendió. Le explicó que aquella propiedad había pertenecido a su abuelo y que él mismo estaba ayudando a reconstruirla.

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