Una madrugada soñó con la casa de su madre.
Despertó recordando el patio lleno de bugambilias, los limoneros, los duraznos y el viejo vivero donde había pasado la infancia.
La casa seguía siendo suya.
Doña Elena había muerto dos años antes y Mariana nunca había tenido valor para venderla.
A la mañana siguiente tomó una decisión.
—Nos vamos a Puebla.
Rodrigo casi se atragantó cuando ella se lo comunicó.
—¿A ese pueblo? Mariana, no seas ridícula.
—Tú querías que me fuera.
—Sí, pero no que arrastres a mi hija a vivir entre gallinas.
—Curioso. Hace una semana era “esa niña”. Ahora resulta que es “mi hija”.
Él apretó la mandíbula.
—Haz lo que quieras.
Mariana lo hizo.
Contrató una mudanza, empacó su equipo, sus macetas y las cosas de Sofía, y regresó al lugar donde había crecido.