Mi marido creyó que no podía oírlo porque tenía los audífonos puestos, así que habló desde el dormitorio sin bajar la voz: “Ya preparé el divorcio; después veremos cómo sacamos a la niña de ahí”. Me quedé inmóvil, sin interrumpirlo. Cuando terminó la llamada, tomé mi teléfono y marqué a una abogada. Él ignoraba que yo llevaba 3 años guardando pruebas.

—Bueno. Eso hace todo más fácil. El departamento es de mi mamá. El coche puedes quedártelo. Por Sofía voy a dar pensión, no soy un desgraciado. Pero necesito que busques dónde vivir.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Tres semanas.

Mariana asintió.

Rodrigo tomó las llaves y, antes de salir, soltó una frase que terminó de destruir lo poco que quedaba entre ellos.

—Y llévate todas esas plantas. Camila ya escogió ese cuarto para poner su estudio.

Mariana miró el invernadero que había construido hoja por hoja durante años.

Luego miró a su esposo.

Aquella noche comprendió que perder ese departamento no iba a ser lo peor.

Lo que Rodrigo planeaba hacer después era algo que ella jamás habría imaginado.

PARTE 2

Durante varios días, Mariana buscó departamentos pequeños en Ciudad de México. Todos tenían el mismo problema: o eran demasiado caros o no había espacio para Sofía y las cientos de plantas que ya formaban parte de su negocio.

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