—No me avergüenza que necesiten ayuda —le dije—. Me duele que hayan decidido tomarla sin pedírmela.
Tiffany soltó una risa breve.
—Ahora resulta que somos unos delincuentes.
—No voy a discutir etiquetas contigo. Hay una firma que no hice y una casa que intentaron rentar sin mi consentimiento. Eso es lo que vamos a aclarar.
Por primera vez, Peter dejó de intentar justificarla.
—Tiffany, basta —dijo.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Ahora vas a ponerte de su lado?
—No debimos hacerlo.
Su voz era baja, pero todos la escucharon.
La madre de Tiffany se acercó a su hija.
—Recoge tus cosas. Nos vamos.
—Mamá…
—No voy a quedarme en una casa donde la dueña tuvo que dormir en un hotel.
No hubo aplausos ni escenas espectaculares.
Solo el sonido de los cierres de las maletas y los niños preguntando por qué terminaban las vacaciones.
La hermana de Tiffany me ayudó a regresar las fotografías a un mueble. Antes de irse, me pidió disculpas por haberlas movido.