—Diego también estuvo en una incubadora —murmuró—. Pensé que nunca volvería a escuchar llorar a mi hijo.
Me contó algo que Beatriz desconocía.
Cuando su esposa perdió el conocimiento, él la cargó hasta el automóvil y condujo desesperadamente hacia el hospital.
Intentó recuperar el tiempo perdido acelerando imprudentemente. En el trayecto, el motor se sobrecalentó y quedaron varados.
Un desconocido los ayudó a llegar.
—El médico me dijo que debimos haber acudido mucho antes. Desde entonces juré que nunca más llegaría tarde a ningún lugar.
Apretó el reloj entre sus manos.
—Convertí la puntualidad en una obsesión. Quise controlar cada cosa para que nada malo volviera a suceder. Hasta le prohibí a Beatriz aprender a manejar porque temía que tuviera un accidente.
Miró nuevamente a su nieta.
—Y ayer estuve a punto de repetir lo mismo que tanto me atormentó.