Mi yerno me exigió que siguiera conduciendo mientras mi hija, embarazada de ocho meses, lloraba y suplicaba detenerse para ir al baño. “¡Solo faltan veinte minutos, no hagas un drama!”, insistió. Lo miré y respondí: “Mi hija necesita parar”. Entré a la primera gasolinera. Creí que apenas perderíamos diez minutos, hasta que horas después una doctora me reveló lo que esa parada había significado.

—Diego también estuvo en una incubadora —murmuró—. Pensé que nunca volvería a escuchar llorar a mi hijo.

Me contó algo que Beatriz desconocía.

Cuando su esposa perdió el conocimiento, él la cargó hasta el automóvil y condujo desesperadamente hacia el hospital.

Intentó recuperar el tiempo perdido acelerando imprudentemente. En el trayecto, el motor se sobrecalentó y quedaron varados.

Un desconocido los ayudó a llegar.

—El médico me dijo que debimos haber acudido mucho antes. Desde entonces juré que nunca más llegaría tarde a ningún lugar.

Apretó el reloj entre sus manos.

—Convertí la puntualidad en una obsesión. Quise controlar cada cosa para que nada malo volviera a suceder. Hasta le prohibí a Beatriz aprender a manejar porque temía que tuviera un accidente.

Miró nuevamente a su nieta.

—Y ayer estuve a punto de repetir lo mismo que tanto me atormentó.

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